jueves, 17 de septiembre de 2020

Bruma pública, inquietud privada

Bruma pública, inquietud privada

La única política que no engaña es el desasosiego. De ello han llegado a convencerse tanto Enzensberger como Handke. O sea: el imperativo moral sólo produce tipo

Es posible hacer hablar política, de poliando uno siente tina puntada en el hígado’? ¿Se puede aún to mar la palabra en la asamblea, o la lista de oradores está cerrada? ¿y al formular la moción nos sale un gemido estragado? ¿Y si es un grito, o un insulto, o un ronquido? El mundo se cae, llueven isótopos, el gran musical de los parlamentos y las conversaciones a alto nivel concita tanta atención como la final de la Recopa. Europa, o parte de ella, protesta-, el resto se informa —es un decir— y va a las urnas: todo cambia o podría cambiar salvo la retórica; ergo. no cambia nada. Sin embargo, el mundo es el único lugar que tenemos para vivir, y si hay que evitar que siga convirtiéndose en una colmena de hormigón, va a ser mejor no callarse la boca. En primer lu gar, sostiene Hans Magnus Enzensberger, los que no deben abandonar la asamblea son los los actuales.



Eniensherger es un poeta antipatónico que reclama su lugar en la República, en este caso la RFA 1-lace algunos lustros hizo confesión de incomodidad y declaró su odio por la Alemania de Adenauer en un terrorífico poema llamado “Hablar alemán” (“Poesías para los que no leen poesías” ): más tarde, con las haladas de “Mausoleo”, se preguntó si la historia del progreso —de las ideas y los inventos— era en verdad la historia de la felicidad o simplemente la historia del dominio. Lo cierto es que Enzensberger no ha dejado nunca de hablar de política; ahora, en los artículos recopilados en “Migajasse las ha arreglado para evitar el discurso precinta do de la prensa y los administra dores del poder, y atacar el mal por la raíz, es decir, por la fornra. Migajas son restos, desprendimientos, raspaduras, poca Cosa: sí existe algún modo de lograr que la sociedad sea menos bestial. no será con subyugantes proyectos globalizadores (salvo que se destruya todo para empe zar de nuevo, y no es seguro que resulte ), sino con la contestación puntual y con propuestas frag mentarías. En un libro de inter venció!) sobre la actualidad europea, Enzcnsberger admite no creer en grandes soluciones (ni la solución final ni la utopía) sino en ,ln juego dinámico de parches, acuerdos, presiones, réplicas, iluminaciones y con tramarchas. Dado que insiste en no dar ninguna aproximación por definitiva, construye sus artículos precariamente —como una mezcla de ensayos a lo Montaigne, diálogos, anécdotas, poemas y estadísticas—, y así propone que funcione el pensamiento de izquierdas: orillando el extremo de cada argumento para volver a empezar por otro camino.

Contra la consecuencia

Es lógico entonces que el libro empiece con un alegato contra la consecuencia. En efecto, dando un paso al costado del pensamiento militante, Enzensberger opina que la inmovilidad es muerte. que la fidelidad eterna a una idea bien puede ser síntoma de idiotez y que no es malo despedírse periódicamente de la propia infalibilidad. La conse cuencia en sí no es una virtud, sobre todo si no produce más que desdicha. Distinta es la tozudez: al revés que el autoproclamado impoluto, el testarudo no tiene que demostrar nada; no pretende ser héroe ni suele transigir a cambio de un puesto en las alturas. El terco no se asusta. Preventivamente, “Migajas” se cierra con dos consideraciones sobre la inanidad del pensamiento apocalíptico, que para Enzensberger es el reverso de la esperanza desmedida y por lo tanto tan prescindible como ella. Entre estos dos artículos no se habla de la carrera de armamentos ni del consumo de heroína, como cabria esperar, sino del caos como salvaguarda de la convivencia democrática, de las mentiras de los economistas, y tal vez se llega a demostrar que, con enorme provecho para to dos, ese campo de concentración infantil que es la escuela póclría cambiarse por un sistema de educación particular. Desde luego, Enzensberger está loco, pero no es tonto. Apoya sus argumentos con cifras y documentos, aun sabiendo que no lo van a escuchar.



No creo que a una mente como la suya le despierte excesiva simpatía la angustia que cubre todo lo que Peter Handke toca. Ocurre, no obstante, que “Cuando desear todavía era útil” es también, fl() casualmente, un libro invertebrado. Y si allí donde Enzensberger alega, Handke murmura, hay un punto donde ambos se enfrentan a la misma falacia. Para Enzensber ger, el pensamiento social here dero del idealismo alemán, enfermo de absoluto, se niega torpemente a reconocer “que no existe ningún espíritu universal, que tanto la evolución social como la natural no conocen sujeto alguno y que, por lo tanto, son imprevisibles”. Handke, que no se obsesiona con los errores de la izquierda, ve el absoluto en los conceptos, en su capacidad ordenadora, en los muros clasificatorios que erigen y la seguridad que su transparencia comunica, El austríaco se especializa en descubrir que las redes de conceptos sólo existen para ocultar el miedo, pero que a pesar de ello el miedo vuelve. Más aún: Handke vive acechando la aparición del miedo, porque con él se produce la sensación de extrañeza frente al mundo que es la base de sus novelas

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